PDA

Ver la Versión Completa : Dos mundos enfrentados en la obra que dirige Helena Tritek



Invitado
25/10/2008, 08:38
"CIELO ROJO"<!/VOLANTA>
<!TITULO>Un espíritu que parece perdido<!/TITULO>

<!BAJADA>Dos mundos enfrentados en la obra que dirige Helena Tritek, sobre textos de Maiacovski y Ajmatova. <!/BAJADA>


Por: <!FIRMA>S. C.<!/FIRMA>
<img class="borde_imagen" style="MARGIN-RIGHT: 5px" src="http://www.clarin.com/diario/2008/10/25/thumb/e009dh05.jpg" align="left" width="184">
EN EL CENTRO, MAIACOVSKI CANTANDO EL SUEÑO DE POSIBILIDADES QUE QUEDARON TRUNCAS.

El gris y el rojo de los poetas soñando con la revolución que invente un mundo mejor en la fría noche rusa. La luz blanca sobre los vestidos blancos de las hijas del zar que hablan, cantan y sueñan en francés. El contraste entre dos mundos, recortados en escenas como cuadros pintados a mano, es el eje de Cielo rojo. El sueño bolchevique, la obra dirigida por Helena Tritek.

El teatro y la poesía se confunden en esta trama, tejida sobre textos de los poetas rusos Vladimir Maiacovski y Ana Ajmatova. La puesta original fue creada por Tritek para el ciclo "Rojo Rojas" que conmemoraba el 90 aniversario de la Revolución rusa. Hoy, el material está pulido y con algunos cambios, pero mantiene intacto el pincelazo que recrea el espíritu de entonces, en el cabaret literario La linterna roja, en Moscú.

Las imágenes tienen tanta belleza como los textos del atormentado Maiacovski que escribía: "Yo soy el poeta. Yo he borrado la diferencia entre mi rostro y los rostros ajenos"; "Yo llevaré por los siglos de los siglos, el odio a los rayos del día, con el alma en tensión como cables eléctricos. Hoy, yo soy, el rey de las lámparas". Sus ideales futuristas, su desaforado dolor, su áspero optimismo por las generaciones venideras en contraste con su desgarrado final, tienen absoluta correlación en las escenas oscuras, atiborradas por gorros de piel, sobretodos pesados y botas sucias. Apenas unas velas, una fila de hombres y mujeres arrastrando sus cabezas gachas o recitando alrededor de varias botellas de vodka alcanzan para ubicar al espectador en tiempo y espacio. Como en un túnel del tiempo, desde el relato inicial del bíodrama de Teresa Cura (que ancla en el aquí y ahora el sueño bolchevique) hasta el final anunciado de la muerte del poeta (Maiacovski se suicidó, en 1930, de un tiro en el corazón, a los 36 años), uno se siente empujado a regodearse un poco en la supuesta anacronía de esas ideas. Más aún, acunado por el himno bolchevique que suena, dramático, como el alma rusa.

El agobio - en las palabras encerradas de Ajmatova que permaneció en la Unión Soviética a pesar de que sus libros fueron quemados durante el stalinismo lo que obligó a la gente a atesorarlos en su memoria- tiene su alivio en la bucólica escena de las hijas del Zar, cantándoles a los ruiseñores, en francés, en medio de una nube de tul irreal. Tan irreal que se volverá roja como las banderas que intentan hipnotizar mientras flamean. La belleza también aparece en las canciones tradicionales rusas y gitanas (rescatadas por Tritek del repertorio de la cantante Yildiz Ibrahimova) como Ojos negros que entona, maravillosamente, Gipsy Bonafina, quien se luce junto a Esteban Meloni (Maiacovski) y Silvia Docampo (Ajmatova) en un elenco parejo. Un sueño que no fue tal pero cuyo recuerdo, igual, provoca nostalgia.