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04/11/2008, 09:37
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Aplausos, bufidos y desconcierto
El cineasta Werner Herzog estrenó en Valencia una controvertida puesta de Parsifal

La grandiosa esfera metálica que desciende del cielo

Por Silvia Pisani
Corresponsal en España


VALENCIA.- Más de uno salió convencido de que el cineasta Werner Herzog está loco. En todo caso, logró lo que nadie; esto es, que un minuto -nada más que un minuto- de la eficaz puesta de Parsifal que acaba de estrenar aquí desencadenara tal fastidio entre el público que, por poco, el enojo eclipsa cinco horas de la más sublime música.

"Esperpéntico", sentenció el diario El País . "Esto es un sacrilegio, una burla al genio", coincidió parte del público, que tomó las ocurrencias escenográficas que el cineasta alemán ideó para la última obra escrita por Richard Wagner como poco menos que una herejía. Una auténtica barbaridad.

El asunto estalla, sobre todo, al final de la monumental obra. Agotados los desafíos musicales de un drama ambientado en el siglo X y que mezcla religiosidad fetichista con cuestiones raciales y sexo, Herzog saca de la galera una proyección del edificio del teatro y, cual platillo volador, lo eleva en el cielo sobre la mística apoteosis con la que cae el telón.

Hubo bufidos en la platea, carcajadas y gestos de desconcierto. Otros estaban felices: "Es la mejor manera de plasmar la idea de que un instante de música sublime te redime y te eleva al cielo", soltó alguien por allí.

El particular diseño del Palau de les Arts le vino al pelo, con un perfil mezcla de animal marino, de nave extraterrestre o de caracol, bien podría elevarse al cielo, con todos nosotros adentro. "Es que esto tiene algo de nave espacial", había dicho el propio Herzog días antes, cuando ya tenía la idea en la cabeza.

La puesta tuvo, por demás, toda la espectacularidad del auto sacramental que Wagner concibió para su templo personal en Bayreuth.

Una grandiosa esfera metálica desciende desde el cielo en las dos apariciones que el libreto impone al Santo Grial y que, por cierto, está inspirado en la forma del cáliz que desde 1424 se conserva en la catedral de esta ciudad y que, según la tradición local, es el mismo que usó Jesucristo en la Ultima Cena.

En eso, Herzog fue un fiel orfebre. Por cierto, el cáliz en cuestión será objeto, en estos días, de un congreso de expertos llegados de todo el mundo.

"Una razón más para dar la bienvenida a Parsifal para el estreno de la temporada", explicó la directora del Palau, Helga Schmidt.

Lorin Maazel, calificado
Mientras Herzog cosechaba la controversia, el director franco-norteamericano Lorin Maazel se llevó los aplausos más cálidos. Supo sacar lo mejor de una orquesta que se consolida día tras día.

Con 78 años, dio muestras de gran vitalidad y mantuvo la tensión músico-dramática durante las cinco horas que dura la representación. Esta es su última temporada en un Palau que, seguramente, lo extrañará.

La otra ovación fue para los coros y sus logrados momentos de misticismo.

El reparto vocal, los principales personajes fueron encarnados por el tenor Christopher Ventris (Parsifal), la soprano Violeta Urmana (Kundry), el barítono Evguenin Nikitin (rey Amfortas), el bajo Stephen Milling (Gurnemanz, Caballero del Grial) y Serguei Leiferkus (Klingsor el mago).

Con Parsifal , su última ópera, Wagner abandonó los elementos paganos que caracterizan la tetralogía de El anillo del nibelungo y abordó la idea de la redención humana a partir de los planteamientos cristianos, con referencias a la eucaristía y al bautismo. Eso supuso también su alejamiento del filósofo Friedrich Nietszche.

Y de todo esto se habló en tascas valencianas, gracias, entre otras cosas, a lo que montó la esquizofrenia de Herzog, con un platillo volador que sobrevuela la escena.