
Del
exterior o del interior
A lo largo
de los siglos siempre fueron discutidos dos enfoques de la actuación.
Los dos enfoques tienen nombres que me molestan y confunden, pero como
el lector los oirá a menudo, repitámoslos ahora, con la esperanza de
abandonarlos: Uno es el enfoque
representativo
y el otro el enfoque
presentativo.
El actor
representativo
intencionadamente elige imitar o lustrar la conducta del personaje. El
actor
presentativo
trata de revelar la conducta humana mediante el uso de su propia
persona, gracias a la comprensión de sí mismo y por lo tanto a la
comprensión del personaje al que retrata. El actor representativo
descubre una forma basada en un resultado objetivo y la asigna al
personaje, al que estudia atentamente mientras ejecuta aquella. El
actor
presentativo
confía en que obtendrá una forma gracias a la identificación con el
personaje y el descubrimiento de los actos del mismo, y trabaja en
escena buscando una experiencia subjetiva que se desarrolla momento a
momento.
Hay grandes actores en donde el público se pone de pie
para gritar y proclamar su admiración, pero hay otros grandes actores
en donde el público llora, se angustia o ríe.
El público puede gritar “¡Bravo!”, e incluso ponerse
de pie y vivar, pero está reaccionando como lo haría frente a un
acróbata o un equilibrista, esta vivando la habilidad visible, está
aplaudiendo la hazaña ejecutada. Pero falta la empatía vital con la
conducta humana, el compromiso emocional entre el actor y el público.
La actuación formalizada, externa (representativa)
exhibe una firme tendencia a seguir los dictados de la moda. La
actuación interna (presentativa)
rechaza la moda y por lo tanto puede llegar a ser tan intemporal como
la propia experiencia humana.
Creo que ahora el lector comprende cual es mi
posición. Pero si adhiero al enfoque
presentativo de la actuación, no
rechazo el método representativo;
proceder de ese modo equivaldría a rechazar a actores brillantes que
hallaron su camino aplicando ese método. Rechazo el método
representativo
sólo para mí mismo, como director y maestro. Debo encontrar un enfoque
del teatro que sea válido para mí. Como maestro puedo enseñar
únicamente aquello en lo cual creo.
Actuación
Existe una
aceptación ya casi generalizada de que la actuación trata acerca de la
capacidad de reaccionar a estímulos imaginarios, más bien que de una
cuestión mímica, exhibicionismo o imitación. Los elementos esenciales
de la misma siguen siendo los que ya enunciaba el actor francés Talma
en el Siglo XVIII: "una sensibilidad inusual y una inteligencia
extraordinaria". Se refería a la inteligencia como capacidad para
comprender el funcionamiento de la personalidad humana y no a la que
se aprende en los libros.
Los
problemas esenciales de la actuación son tan antiguos como el teatro
mismo: si el actor "siente" realmente o si se limita a imitar; si debe
hablar con naturalidad o retóricamente; en qué consiste realmente ser
natural. Y estos problemas no se refieren sólo a la actuación
"realista" que surgió en el Siglo XIX. Tienen que ver con la
naturaleza misma del proceso del actuación . Los mismos adquirieron
mayor urgencia en los últimos años porque hoy en día se invierten
inmensas sumas de dinero en producciones teatrales, en películas o en
televisión muchas veces la viabilidad de estas producciones depende de
la capacidad del actor de revivir estados de alta emoción y de tener
control sobre los mismos, con absoluta verosimilitud y sin que se vea
perturbada por otros aspectos de la producción. En una película, el
actor debe a veces volver a hacer una escena diez o doce veces por
problemas técnicos y cada vez mantener la misma perfección. Y luego,
pasar a otra escena sin continuidad con la anterior. Un actor en una
obra de teatro tiene que hacer una o dos funciones por día y siempre
tener las mismas emociones en los mismos momentos.
En
estas circunstancias, el entrenamiento no es un lujo. Es una
necesidad.
Teoría de las tradiciones
A
través de la historia del teatro ha habido una continua confusión
acerca de la cuestión del actor como artista creativo, contrapuesta a
la de un simple intérprete al servicio de un creador que es el
dramaturgo. Algunos exponentes modernos de la creatividad actoral han
aceptado este último punto de vista de un modo indirecto y se han
volcado al teatro no verbal. Otros rechazan este recurso , al que
consideran una vuelta al primitivismo, y no lo consideran necesario
para hacer de la actuación un arte creativo.
Verdi usó el
Otelo y el Falstaff de Shakespeare para sus grandes óperas, pero su
música no es menos creativa por eso. Por supuesto, no todos los que
practican la actuación acceden a la creatividad y muchos se quedan en
la mera imitación de lo que otros han hecho antes que ellos.
El gran
trágico italiano del siglo pasado Ernesto Rossi decía que "un gran
actor se independiza del poeta, porque la esencia suprema del
sentimiento no reside en la prosa ni en el verso sino en el acento con
que ésta es vertida".
Cuando el arte
de la actuación es considerada como mera actividad interpretativa, los
elementos exteriores ligados con habilidades y capacidades tienden a
cobrar mayor énfasis. Pero cuando se reconoce que se trata de un arte
creativo, esto lleva inevitablemente a una búsqueda de recursos más
profundos que estimulan la imaginación y la sensibilidad actoral. Esta
búsqueda presenta problemas difíciles. El actor debe aprender a
entrenar y a controlar el material más sensible de que dispone
cualquier artesano: el organismo vivo de un ser humano en todas sus
manifestaciones mentales, físicas, emocionales.
El actor es
piano y pianista a la vez. Y debe tener la capacidad de crear y
responder a estímulos imaginarios y a circunstancias también
imaginarias.
LAS DOTES
DEL ACTOR Y EL ENTRENAMIENTO
Tomando en cuenta la diversidad
de aproximaciones que existen a los problemas actorales, parecería
difícil arribar a ninguna generalización útil que fuese válida para
todos los actores. Aún entre los grupos teatrales que abordan una obra
desde un estilo fijo o con una escala fija de expresión, como es el
caso del Kabuki japonés y del teatro clásico Oriental en general,
surgen las mismas preocupaciones básicas. A continuación intentaremos
establecer una aproximación que ha resultado exitosa en una diversidad
de procedimientos profesionales.
Las dotes del actor se consideran
en general un buen físico, una memoria retentiva, un intelecto alerta,
voz resonante y buena articulación, y respiración controlada. Los
factores de apariencia y los aún más importantes elementos de
personalidad son factores indudables, y sin embargo es difícil
establecer sus características. En general se los reconoce después que
el actor ha tenido éxito y no antes. Muchos actores no poseen estas
dotes fuera del escenario pero éstas parecen encenderse en cuanto el
actor empieza a actuar. Los medios modernos del cine y la televisión
han intensificado la importancia de estos elementos externos, ya que
buscan permanentemente actores que se asemejen a aquellos que han
obtenido éxito, sin ofrecer ninguna ayuda para clarificar estas dotes.
Sin embargo, el elemento central del talento del actor,
diferenciándolo de sus medios, es una sensibilidad especial
("fuego","entusiasmo", 2energía", en términos del siglo XVIII y sus
teóricos), una capacidad para responder a estímulos y situaciones
imaginarias, que le permiten pasar por la experiencia y las emociones
del personaje que tiene que representar. Estos elementos se han
considerado siempre distintivos del gran actor pero se los consideraba
inaccesibles para el actor común o medio. Se los daba como "innatos" y
no susceptibles de entrenar o desarrollar. Aquí surge precisamente la
zona del moderno entrenamiento del actor.
El primer paso en el
entrenamiento del actor para el control de sus recursos físicos,
mentales, y psíquicos es su capacidad para relajarse. Como esta
capacidad parece tener poco que ver con los logros finales en la
actuación, a menudo se la descuida, pero es básica para cualquier
disposición de voluntad y energía de su parte. En un estado de tensión
física o mental, o ambas, el actor no puede pensar, sus comandos no le
responden y las ordenes que da no se transmiten, sus sensaciones se
secan y la expresión se inhibe. el proceso de relajamiento sirve para
liberar al actor de las presiones innecesarias que ha acumulado antes
de que comience el momento de actuar, para eliminar bloqueos o
interferencias que pudieran inhibir las respuestas sensoriales. Las
energías físicas y mentales son comparativamente fáciles de entrenar,
pero el control sensorial es mucho más difícil. El relajamiento no es
un proceso estático ni un esfuerzo. Muchas veces, en el comienzo del
entrenamiento, el actor se ve sujeto a fuertes erupciones de impulsos
inconscientes. Debe aprender a continuar el relajamiento, a forzar su
voluntad para mantener su esfuerzo en la acción de los nervios y de
los músculos. La relación se conecta con el ejercicio de la voluntad
del actor.
La contracara del relajamiento es
la concentración. Todo lo que el actor hace requiere concentración. Se
la entrena en principio con el trabajo con objetos imaginarios: el
trabajo con objetos reales lleva muchas veces a lo pantomímico o a la
imitación física. El actor puede comenzar por ese camino para aprender
cómo responder con su organismo entero y aplicar tales respuestas a su
trabajo con objetos imaginarios (el medio real en escena) como lo
haría con los objetos reales. Esta capacidad para responder a
estímulos que no provienen del exterior sino del bagaje que uno
acumuló en su imaginación, puede verse hasta cierto punto en todo ser
humano. Algo afín se encuentra en el estudio en psicología de las
conductas reflejas, de las reacciones automáticas y espontáneas, y en
los modelos conductistas. Al aumentar la conciencia sensorial y
estimular los sentidos de modo que respondan de manera más fuerte en
la vida, el actor adquiere la capacidad de recrear cualquier objeto,
sensación, o experiencia en su imaginación. Aquí es donde el concepto
de memoria emotiva, ya discutido, juega un rol fundamental.
El actor francés Talma, a quien
ya citamos como alguien que remarcaba la necesidad del actor de un
"exceso de sensibilidad, siempre más viva, más veloz, y más poderosa",
también dijo: "que su inteligencia debe estar siempre alerta, actuando
conjuntamente con su sensibilidad, regulando sus movimientos y sus
efectos: no puede, como el pintor o el poeta, borrar lo que hace. La
formación de un gran actor necesita de la unidad de sensibilidad e
inteligencia".
Al incrementar su concentración,
el actor usa no sólo voluntad, sino también un proceso de
autoconciencia por el cual observa lo que está ocurriendo y entrena su
instrumento para que responda a sus órdenes. El proceso mismo de
concentración y de compromiso debe incluir la conciencia. Cuanto más
aprende a dominar su concentración, más conciente se hace el actor.
Un factor adicional es el
desarrollo del sentido de verdad. Es algo que Stanislavski enfatizó
mucho. El crecimiento de la autoconciencia es inútil si no va
acompañado por una correcta evaluación de lo que es verdadero y lo que
es falso. Si el actor debe confiar en la opinión de los demás y quedar
pendiente de ella, puede volverse inseguro y perder su espontaneidad y
capacidad de respuesta. Su manejo de la relajación interior y de la
concentración debe ayudarlo a conseguir una combinación de
espontaneidad, compromiso y conciencia. Por lo tanto, el compromiso
del actor y su capacidad de conciencia, más que estar en oposición se
complementan.
El sentido de verdad en el actor
se ve también comprometido en otra área fundamental de su
entrenamiento: su trabajo con las acciones (es decir, la manera en que
se comporta físicamente en un escenario), a veces llamada "la
ocupación del actor". Tiene que haber una idea que aporte un incentivo
o una intención para poner en movimiento algo que de otro modo serían
una serie de acciones físicas inconexas o sin relación. Debe existir
algún propósito u objetivo que motiven la energía y voluntad del
actor. Desde este punto de vista cualquier representación puede ser
vista como una serie de acciones- como el nudo de la obra- que deben
realizarse no sólo físicamente sino con lógica y verdad.. Este
objetivo debe llevarse a cabo cada representación, cada función, en
lugar de repetir meramente movimientos externos.
Para desarrollar la
espontaneidad, para entrenarse uno mismo, para comportarse lógica y
verazmente, y para escuchar y responder al compañero, el actor
practica la improvisación- dramatización- concibiendo situaciones sin
un libreto.
La improvisación es de enorme
importancia en el proceso de entrenamiento y también en el de la
representación. Le enseña al actor a hablar en vez de leer el texto
escrito y quiebra la dependencia inconsciente con los modelos de
comportamiento que establecen las convenciones teatrales. Lo fuerza a
usar sus sentidos, y a menudo a descubrir no sólo la lógica sino
también el significado de una escena. Lo
obliga a trabajar creativamente y
lo previene de transformarse en un repetidor experto y diestro pero
mecánico.
Mediante ejercicios que pueden
resultar alejados de los roles que él representa- tales como el
ejercicio de Canto y Baile (en el que una canción es cantada sílaba
por sílaba sin relación con el modo en que debiera ser cantada para
ayudar a romper el hábito inconsciente del actor que afecta su modo de
actuar), o, inversamente, el Monólogo Interior hablado (en que el
actor expresa lo que le sucede en el aquí y ahora sin relación alguna
con la obra), u otros ejercicios- el actor no sólo aumenta su
capacidad de adquirir experiencia sino que también libera sus impulsos
bloqueados e inhibidos. Lo capacita para luchar con sus propias
ataduras a las formas automáticas de comportamiento y el artificio, y
adquirir nuevos modos de expresión que corresponden a su verdadera
naturaleza y a la fuerza de su impulso. Por lo tanto, lo capacita para
desarrollar un espectro mucho mayor de expresión que el habitual que
se da en la vida.
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