Constantin Stanislavsky II

Dediquemos nuestra charla de hoy al actor que empieza a desarrollar conscientemente sus facultades artísticas mediante el estudio.

¿Cómo debería empezar sus lecciones? ¿Cuál debería ser su enfoque de todos aquellos temas que recibirá y aceptará como el conocimiento que lo convertirá en una unidad artística definida?

Para empezar, debe tener plena confianza en sus maestros. Debe, también, no solo estar pleno de la jubilosa conciencia de haber iniciado su labor como artista creador, sino además del hecho de que cada minuto de su vida contribuye a avivar en sí mismo la llama del arte creador. Si no puede captar la utilidad de cierto ejercicio inmediatamente desde los primeros pasos, ello no significa que no posea suficiente talento para entender el significado de ese ejercicio. Lo único que querrá decir es que, por el momento, no ha llegado a la etapa requerida en su desarrollo; pero la energía, la energía que emana del sentimiento de alegría y de amor que el arte le inspira, y no el sentimiento e desaliento que conduce a la vez a la desesperación y a las lagrimas, no a la áspera obstinación de la voluntad, lo llevará sin duda en poco tiempo a una comprensión y apreciación adecuadas de la utilidad de este ejercicio necesario. 

Es absolutamente erróneo hacer cualquiera de los ejercicios establecidos en mi sistema de manera mecánica e irreflexiva. Es absolutamente incorrecto emitir palabras sin un propósito. Debéis adquirir el hábito de poner el mayor sentido posible en cada palabra que pronunciéis. Debéis tener plena conciencia del valor de cada palabra. Debéis concentrar todos vuestros poderes de observación en las cualidades fundamentales y no sólo en aquellas generalmente aceptadas que deseáis expresar en vuestra conversación, combinando los diversos significados de las palabras que decís. No podéis pronunciar palabras sin antes entender las diferencias entre sus diversos matices de significado. El valor y la flexibilidad de cada palabra radican en la entonación –incidental y temporal- que habéis dado al sentido desnudo implícito porque eso es lo que en ese momento exige vuestro papel.

Vuestra decisión de emprender una carrera teatral supone antes que nada la voluntad de abrir el corazón a la percepción más completa posible de la vida. El actor que dedica su talento simplemente a la reproducción de los hechos que ha observado en la vida no puede, por más talentoso que sea, atraer tan fuertemente la imaginación de los espectadores como para obligarlos a derramar lagrimas y a recordar mucho después, no solo aquello que vieron, sino también como lo vieron y oyeron. Esto solo puede hacerlo el actor que ha dominado el deseo de auto admiración, que ha logrado el más alto grado posible de autodominio y que se ha entrenado para mostrar la mejor voluntad posible de sus semejantes: sólo él podrá captar aquellos rasgos que son fundamentales y aquellos que son accidentales en las pasiones humanas; podrá separarlos, distinguir los menos importantes, es decir, los que se aplican solo al personaje que está representando en el momento y los permanentes, que son inherente a la naturaleza misma de los sentimientos. Logrará esta fusión de sí mismo y del personaje que está representando si aprende a amarlo y si distingue lo que es solamente accidental y carece de importancia en él de aquello que constituye la sustancia misma del hombre, sobre la cual puede construirse la acción completa del personaje. Nunca se obtendrá un conocimiento adecuado del personaje que representareis en escena si no estáis satisfechos con el papel o con la posición que tenéis en el teatro o, en última instancia, si hay disensiones entre los miembros del reparto. Todo lo que distrae la atención del actor respecto de su papel o de su trabajo en el teatro o en el taller, todo lo que interfiere con nosotros cuando estamos dedicados a nuestras tareas… todo lo que sea de esa misma naturaleza tendrá el más deplorable efecto sobre el trabajo del actor. Porque en esas condiciones no puede hacer justicia a su talento; la intuición, la verdadera fuente del temperamento creador de un actor, permanece en silencio, solo sus instintos se mantienen despiertos, aquellos instintos que conducen a la sobreactuación, a esa repugnante exageración en al que la auto admiración del actor es lo que cuenta y no el papel. En ese estado de ánimo es imposible que un actor capte la idea dominante de su papel o en verdad de la obra en general, su unidad de acción, y la necesidad de subordinar a todos aquellos que participan en la actuación a la unidad del hilo de la acción. Lo único que podéis hacer es ser el punto de atracción en un buen reparto, firmemente ligado por su unidad interna, y una personalidad brillante “que lleve sobre sus hombros toda la actuación”, como dicen generalmente los filisteos en el caso de una persona con verdadero talento… en una compañía de tercera.

La elección de personas con talento excepcional no representa la norma para la aplicación práctica de mi sistema. Muchos dicen que mi sistema sólo sirve para gente con talento, mientras que otros sostienen que sólo es útil para actores de facultades medias, para los que resulta difícil obtener empleos en el teatro. A mí, por otra parte, me gustaría dejar perfectamente claro que eso que la gente llama mi sistema no es en absoluto mi sistema. Por lo menos no lo inventé, sino que me limité a tomarlo de la vida, de mis propias observaciones sobre la naturaleza de las facultades creadoras de quienes actúan en el teatro. Está destinado a gente viva, a aquellos que son capaces de entender que vivir en el arte no quiere decir encontrar un buen empleo en él, sino, por el contrario, renunciar por él a las posesiones más preciadas: el amor y las mejores cualidades de su espíritu.

Sin amar al hombre no se puede tener éxito en el arte. Ni se puede tener éxito en arte sin alegría y sentimiento de compañerismo.

Encerrarse en la propia concha pensando: “¡Qué perla tan inapreciable llevo dentro de mí!” es el destino de casi todos los fracasados. Es el destino de aquellos que se ofenden en seguida por cualquier observación del productor, de aquellos que siempre están bajo la impresión de que los han entendido mal o los han subestimado, o de que son perseguidos, cuando todos sus problemas se deben en realidad al hecho de que, por estar llenos de sí mismos y considerarse grandes hombres, son en realidad insignificantes y presa de la vanidad más barata. Y lo que ellos consideran de tanto valor en sí mismos no es más que un sueño fútil, que termina en el desaliento y la amargura.

Mucho de lo que un actor está habituado a considerar como un defecto cardinal en su papel no es más que algo que ha dejado de observar en sí mismo y únicamente en sí mismo. La manera de salir de esta dificultad debe buscarse no en esfuerzos externos, como aumentar la fuerza de la voz, la amplitud de los movimientos o la rapidez de dicción, sino escuchando en silencio la voz del subconsciente.

Hay que pensar en los fracasos del papel en soledad y en silencio –hoy, mañana y pasado mañana-, y el matiz correcto de la palabra, su valor, su significación como concepto fundamental, su fuerza en las circunstancias creadas accidentalmente por la obra, así como la entonación, todo esto se volverá gradualmente más claro, simple, fácil y propio de cada uno de vosotros y las sugestiones del director, que ayer parecían tan difíciles de entender, se volverán también simples, claras e inteligibles.

Extraido de EL ARTE ESCENICO,

de Constantin Stanislavky

Etiquetas: Stanislavski, stanislavsky

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