Carta abierta a William Shakespeare, por Peter Brook

Querido William Shakespeare:

¿Qué te ha pasado? Siempre sentimos que podíamos confiar en ti. Sabíamos que nuestro trabajo de puesta en escena a veces gozaría de aprobación, a veces seria rechazado. Es lo normal. Estábamos preparados para ello. Pero ahora el que siempre recibe criticas adversas eres tú. Cuando aparecieron las críticas de Titus Andronicus, ensalzándonos a todos nosotros por haber salvado del desastre a tu horrenda obra, no pude evitar sentir cierto escozor de culpa. Porque, a decir verdad, a ninguno de nosotros se nos hubiera ocurrido pensar, mientras la ensayábamos, que la obra podía ser tan mala.

Por supuesto, enseguida comprendimos lo equivocados que estábamos. Y yo primero que todos hubiera estado dispuesto a admitir que ésa era tu peor obra, de no haberme visto asaltado por otras reflexiones. En oportunidad de montar Labores de amor perdidas, por ejemplo, ¿no hubo acaso un critico que escribió que ésa era tu pieza “más débil y tonta”? Y en el caso de Cuanto de invierno, no recuerdo qué critico dijo que “es ésta la peor obra de Shakespeare; un verdadero deshecho pretencioso y pesado”. En ese momento yo había trabajado la pieza con la convicción de que, en su irrealidad, era una invención hermosa, altamente emotiva, una maravilla; una fabula cuyo final feliz, la estatua que cobra vida, no era otra cosa que el milagro verdadero generado por un Leonte lleno de una nueva sabiduría, y de una gran clemencia. Me temo que había perdido de vista el hecho de que ya no importan ni siquiera los milagros, por improbable que esto parezca.

Supongo que, poco a poco, iba preparándome para aceptar que La Tempestad fue tu más grave error. Por supuesto, equivocadamente, yo sostenía desde siempre que era tu obra mayor; la veía como una suerte de reverso del Fausto, la última pieza del ciclo final de tus obras sobre la piedad y el perdón, una obra que es, en toda su extensión, una tormenta desatada, en la cual la calma llega sólo en las ultimas paginas. Sentía que estabas en pleno uso de tu talento cuando decidiste hacerla dura, abrupta, dramática.

Que no era casual que en las tres tramas marcabas el contraste de un Prospero solitario y ávido de verdad con los señores asesinos y brutales, con bufones oscuramente perversos y ambiciosos. Que no te habías olvidado de repente de las reglas de la dramaturgia, como por ejemplo aquella que dice “hacer que cada personaje sea semejante a cualquiera de los espectadores”, cuando deliberadamente colocaste a la más grande tus obras maestras un poco más lejos de nosotros, en un nivel más alto.

Ahora, luego de haber leído todas las criticas, descubro que La Tempestad es tu peor obra –absolutamente l más mala de todas- y debo disculparme ante ti por no ser capaz de disimular mejor sus muchas falencias. Afortunadamente, fui consciente de mi error hallándome todavía en Stratford, y como tenía un par de días disponibles antes de marcharme, pensé que sería bueno ir a ver alguna de tus obras maestras más celebradas. Consulté la programación. Daban Rey Juan, y cuando estaba a punto de adquirir mi localidad recordé haber leído que esa obra era “un desaguisado insalvable”; de manera que decidí no perder mí tiempo en ella.

La noche siguiente estaba programada Julio Cesar, pero de ésta se había dicho que era una de tus obras “más espantosas”, de manera que esperé a que pusieran en cartel Cimbelino (confieso que siempre he sentido por la encantadora fantasía de este cuento un amor incondicional). Sin embargo, para hacer tiempo, me puse a leer las criticas que exhibían en el teatro, y descubrí que casi todas ellas coincidían en que, pese a que la puesta la salvaba, era esta “una acumulación tan vasta de absurdo y tonterías como Titus Andronicus”, y aunque suele gustarme presenciar una puesta brillante y buenas actuaciones, comprenderás que esta vez lo que quería ver era una buena obra.

Entonces me llamo la atención el anuncio de Tal como os gusta. Y allí estaba, en letra de molde: Matinée, 14:30 hs., Tal como os gusta, la única de tus obras de la que nunca había leído o escuchado decir nada adverso; una obra libre de toda sospecha. De manera que pague mi entrada e ingresé a la sala. Y ahora debo confesarte que no me gusta Tal como os gusta. Lo lamento, pero me parece demasiado campechana, como si fuera una especia de comercial de cerveza; no la encuentro poética y, francamente, tampoco me parece demasiado graciosa. Cuando hay un villano que se arrepiente porque se ha salvado por poco de que se lo comiera un león, y otro villano, al frente de su ejército, “se convierte ante el mundo” porque se topa con un “anciano religioso” y mantiene con él “una cierta cuestión”, realmente pierdo la paciencia.

De manera que ahora, mi querido autor, no sé qué decirte. Creo que la gran mayoría de todas tus obras son milagrosas, salvo Tal como os gusta. Los críticos piensan que la gran mayora de tus obras son malas, o aburridas, salvo Tal como os gusta. El público las amaba absolutamente a todas, incluso a Tal como os gusta. ¿Qué extraña contradicción es ésta? ¿Por qué se produce? ¿Cuál es el hilo conductor que une actitudes tan disimiles? ¿Influirá en mí el hecho de que tuve que hacer Tal como os gusta en mi examen de graduación? ¿Acaso el hecho de que tenga el deber profesional de ver cada una de las nuevas puestas de Shakespeare que, quiérase o no, todos los años suben y bajan de cartel, es suficiente como para que vean salpicadas por el baldón de un pesadillesco Certificado de Estudios?

Peter Brook