El hombre indivisible

El actuar para el actor debe ser un modo de experimentar la vida, un modo de poder estudiarla estudiándose, de conocerla conociéndose. Vivir a través de la experiencia, a través de la constante improvisación, como medio de búsqueda y conocimiento.

Intentemos penetrar en este problema que afecta al ser humano, con el fin de comprender en parte, el mal dentro del marco especifico de nuestra tarea. Hemos escuchado con frecuencia hablar de madurez, amor, alegría y paz. Pero lo que vemos realmente es un ser alienado en todos sus aspectos, aquello que llamamos “normal”, no es más que un conjunto de represiones, negaciones, parcelaciones, falsas imágenes de sí mismo y muchas formas más de acción destructora. R. D. Laing ha observado cómo a aquellos que actúan más o menos como los demás se los considera personas cuerdas “por estar” normalmente alienadas. Y aquellos que no concuerdan con el estado de alienación predominante, la “mayoría normal”, las rotulan de “locura”.

Al estar envuelto en un velo de mistificación se pierde la capacidad de obtener de nuestro cuerpo y nuestra mente algo más que los requisitos mínimos para la supervivencia. Solo somos un fragmento desecado de lo que puede ser una persona. Solo respondemos a las señales de fatiga, hambre, necesidad sexual, defecación y sueño. El resto está atrofiado y marchito. Nuestra capacidad de ver, oír, tocar, gustar, oler y pensar son usadas en un mínimo porcentaje de su real capacidad. Todo nuestro ser se ha vuelto absurdo. Y con el fin de responder a las necesidades de la sociedad tratamos de encajar lo mejor posible dentro del molde de “normalidad” a la que se refiere Laing.

El actor puede a través del arte de la improvisación conocer el doloroso camino de sí mismo, descubriendo su alienación, esto es: sus mentiras, escapatorias, trampas y clisés. Podrá intuir sus vastos recursos no explorados. Debe dejar de accionar con la mente por un lado y el cuerpo por otro. Deberá tratar de ejecutar con la mente y el cuerpo como un todo. Logrando que lo oscuro dentro de nosotros se vuelva transparente. Debe desaprender todo, y empezar de nuevo. Todo otra vez. La improvisación debe transformarse en una provocación a fin de violar su propia alienación.

El comportamiento, que es lo que vemos en nosotros y en los demás, es una función de nuestra experiencia. No podemos destruir nuestra experiencia sin perdernos a nosotros mismos. Podemos observar como los actores son el resultado de una preparación que, respondiendo a todo lo dicho anteriormente,… organizaba las distintas materias disociadas unas de otras. Así comprobamos que al estudiante se le somete por un lado a un trabajo corporal con estúpidas e ineficaces clases de danza, por otro lado, clases de canto y vocalización, historia del teatro, análisis dramático, etc., etc. Debemos tomar al hombre como una estructura compleja y total y como señala Lagache, refiriéndose a la conducta, “como un conjunto de operaciones (fisiológicas, motrices, verbales y mentales) por las cuales un organismo en situaciones reduce las tensiones que lo motivan y realiza sus posibilidades”.

Tampoco podemos separar al hombre de su contexto social, no podemos comprenderlo en su totalidad si se lo aísla. La religión y la organización social que la sustenta han tenido una influencia lamentable en el desarrollo de este mal, estableciendo un dualismo sustancial, dividendo por un lado, alma, espíritu, por otro cuerpo y por otro medio, sociedad, ambiente. La aparición de cualquier fenómeno en alguna de estas áreas, era estudiada dentro de la misma, sin advertir las consecuencias que producía en las otras áreas, o si estas habían sido la causa que genero aquel fenómeno. Estas tres áreas: mente, cuerpo y mundo externo, que el Dr. Pichón Riviere ha llamado “Áreas de la conducta”, son coexistentes. No puede aparecer ningún fenómeno en ninguna de las tres áreas sin que implique necesariamente a las otras dos. El pensar no puede darse sin la manifestación en el cuerpo y en el mundo externo y viceversa. Puede que haya predominio de una de las áreas temporal o permanente, pero esta se debe a la falta de desarrollo en las otras. En el entrenamiento debe ponerse atención en que estas tres áreas estén en permanente juego de interacción. Pueden ser trabajadas por separado pero estar presentes y activas las que quedan fuera del foco de atención, nunca debe plantearse un ejercicio sin la participación de las tres áreas. Debemos centrar el trabajo en la integración del ser humano.

El ser humano es un arpa de mil cuerdas, ha dicho William Osler, solo que para comprenderla, hace falta comprender cada una de sus cuerdas y todas las partes de la estructura del arpa. A veces puede no sonar bien y no es a causa de sus cuerdas sino de la forma como es tocada. Tengamos presente que la conducta se ve impelida por los impulsos y reacciones interiores, por los condicionamientos del pasado y por las circunstancias externas, que nuestras relaciones emocionales con los demás personas son los sostenes de nuestros amores, esperanzas, penas, alegrías, triunfos o desastres. De esta manera estaremos en condiciones de basar nuestro trabajo en la propia naturaleza del ser humano, unificado el mundo interior y el mundo exterior. Porque uno sin el otro pierde su sustancia y su razón de ser. Y es ahí donde se distorsiona el arte del actor, sosteniendo que cuando sube al escenario deja de ser quien es para ser quien sabe que extraña fantasía.

Debemos estar alerta, pues son muchas y variadas las trampas que uno se tiende con el fin de violar la unificación de estos dos mundos, a través de la represión, el rechazo, la confusión que erige la “civilización contra el hombre”. Quisiera que el lector supiera disculparme si insisto un poco más sobre el tema copiando un texto de R. D. Laing donde con doloroso dramatismo describe el estado del ser humano:

“Al redescubrir y permitir que nuestros mundos personales se reorganicen, descubrimos al principio un matadero: cuerpos medios muertos, genitales disociados del corazón, el corazón separado de la cabeza, cabezas disociadas de los genitales. Carentes de unidad interior con el sentido de continuidad estrictamente necesario para aferrarse a la identidad, a la idolatría corriente. Cuerpo, mente y espíritu desgarrados por contradicciones diferentes. El hombre separado de su propia muerte, separado también de su propio cuerpo, una criatura semi enloquecida en un mundo loco”.

Afirmo sin temor a equivocarme que sin comprender lo expuesto hasta aquí, sin vivirlo emocionalmente, no se pueda, por más esfuerzo que se haga, comprender el funcionamiento del hombre actor. El actor es una persona y no puede escapar a las leyes fisiológicas y psicológicas. Sin antes conocer estas leyes y sus manifestaciones dentro de la sociedad actual, no es posible penetrar los ocultos mecanismos de la creación.

La creación está en todas partes, en el mundo que nos rodea; solo hay que saber verla. Pero para esto, antes hay que haber hallado el camino hacia el hombre, hacia el ser humano en el mundo.

Carlos Gandolfo

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