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Opinión del diario: Bueno.

 

19 de Septiembre del 2001.

 

Reflexión sobre las formas menos visibles que adopta la violencia.

 

"El pupilo quiere ser tutor", , de Peter Handke, en traducción de Hedy Crilla. Intérpretes: Carlos Moreno y Héctor Bidonde. Escenografía original: Saulo Benavente. Diseño de iluminación: Roberto Traferri. Dirección: Lito Cruz. Duración: 52 minutos. En el Actors Studio Complex, Corrientes 3751. Domingos, a las 19:30 Hs., y lunes, a las 20:30 Hs.

 

Se suele asociar la violencia con los hechos agresivos y sangrientos que movilizan tanto el rechazo hacia el agresor como la solidaridad con el más perjudicado. De esta manera, la violencia es evidente y llega en forma directa a nuestros sentidos. Pero está la otra.... ... la silente y aparentemente masiva que, con la misma carga de crueldad, va carcomiendo la integridad de un individuo y ahogando la idea de libertad. Es la que actúa sobre la mente del hombre buscando anular su identidad y conseguir el sometimiento absoluto.

 

Esta es la violencia que humilla, que denigra, que devora la dignidad y lo envuelve en un torbellino de inseguridad e impotencia.

 

Este es el punto de partida de la obra de Peter Handke que, como su nombre lo indica, presenta a un pupilo y a su tutor. Es una forma de plantear una relación donde uno se impone sobre el otro y no es necesario aclarar a quién corresponde cada papel.

 

Pero también habla de algo más: de un pupilo que, antes que alcanzar su libertad, se afana por igualar a su tutor. Y en esta lucha, al no buscar ni encontrar su propio espacio y no valorizar su esencia, siempre termina perdiendo.

 

Tal vez el argumento que presenta a un dominador y a un dominado resulte conocido. La originalidad de Handke, en todo caso, estriba en lograr este tipo de relación entre dos hombres sin necesidad de recurrir al diálogo hablado. Es decir, con el lenguaje del gesto, de la mirada y de las acciones sirve para ilustrar y plantear el drama.

 

Quizás el reparo se encuentre en la simplificación que se presenta al no recurrir a las palabras y que limita un desarrollo lingüístico que puede ser muy enriquecedor, pero la contundencia de ese largo y denso silencio que acompaña la interpretación y las acciones es más que potente.

 

Un trabajo equivalente

 

Para que este trabajo resulte efectivo, son necesarios dos trabajos interpretativos que indaguen en los contenidos de las palabras ausentes para reflejarlas corporalmente.

 

En este sentido, son más que elocuentes las actuaciones de Carlos Moreno, como el pupilo, y Héctor Bidonde, el tutor.

 

Además de las composiciones logradas, expresivas desde la postura física, se suma una idea de puesta interesante en la definición de los caracteres.

 

El tutor tiene la cara maquillada de un color rojizo, que revela un temperamento sanguíneo, pero también colérico. El pupilo, por su parte, es la contracara del tutor: tiene la cara pintada de blanco, que apunta a un carácter anémico como sinónimo de debilidad. También el vestuario, despojado de todo brillo y oropel, sirve para establecer los grados de jerarquía y las diferencias entre uno y otro personaje.

 

Otro acierto es el ritmo que demuestra la pieza y que no ofrece la posibilidad de que se genere un bache dramático.

 

Ayuda, y en mucho, la escenografía que pergeñó Saulo Benavente en 1974, sobria y precisa, de la cual, afortunadamente, se conservaron los diseños originales.

 

Susana Freire

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